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martes, 19 de junio de 2018

Carta del Señor Obispo en sus 50 aniversario de su ordenación sacerdotal


Sin mérito alguno por mi parte me has elegido”
En el 50º Aniversario de mi Ordenación sacerdotal


Queridos diocesanos:
El día 30 de junio de 2018 se cumplen cincuenta años de mi ordenación como presbítero, que tuvo lugar en la iglesia del Seminario de Zamora por el mismo obispo que me había confirmado siendo yo todavía un niño, Mons. D. Eduardo Martínez González, de venerada memoria. Esa respetable y significativa cifra invita a celebrar como “Bodas de Oro”, según la expresión en uso, lo que es realmente un verdadero “jubileo” en línea con lo que esta celebración ha representado en la tradición bíblica y en la historia de la Iglesia. El “jubileo” fue considerado siempre como un “tiempo favorable” de gracia y de salvación (cf. Lc 4,19.21), orientado a proclamar gozosamente la bondad  y la misericordia divinas. En este sentido la celebración de 25, 50 o 60 años de ministerio sacerdotal se convierte en un verdadero “memorial” de los bienes otorgados por Dios, agradeciendo su continuada y generosa presencia en nuestra vida. De hecho los jubileos han contribuido siempre a despertar la memoria personal y colectiva de los beneficios recibidos y han estimulado la necesidad de una profunda acción de gracias sin olvidar la súplica por los fallos humanos y la esperanza en el futuro.
No es para menos, porque el sacerdocio como don y como ministerio pastoral tiene su origen en el sacramento del Orden, y es siempre una gracia inmerecida a la que precedió una elección del Señor considerada como una “vocación” personal a seguirle en el ministerio sacerdotal o en otra misión, a semejanza de las llamadas que se narran en los evangelios (cf. Mt 8,22; 9,9; 10,1; etc.). Gracia y vocación, llamada y seguimiento, cada uno de los que nos hemos sentido convocados un día debe ser consciente de la merced de que ha sido objeto.
El gran san Agustín, obispo y doctor de la Iglesia, lo manifestó de este modo: “Desde que se me impuso  sobre los hombros esta carga de  tanta responsabilidad, me preocupa la cuestión del honor que ella implica. Lo más temible en este cargo es el peligro de complacernos más en su aspecto honorífico que en la utilidad que reporta a vuestra salvación.
Mas, si por un lado me aterroriza lo que soy para vosotros, por otro me consuela lo que soy con vosotros. Soy obispo para vosotros, soy cristiano con vosotros. La condición de obispo connota una obligación, la de cristiano un don; la primera comporta un peligro, la segunda una salvación” (Serm. 340,1).
“El sacerdocio como don y como ministerio pastoral tiene su origen en el sacramento del Orden, y es siempre una gracia inmerecida a la que precedió una elección del Señor considerada como una ‘vocación’ personal a seguirle”
Esta reflexión me recuerda también las palabras del Señor pronunciadas en el contexto de una exhortación a la vigilancia: “Al que mucho se le dio, mucho se le reclamará; al que mucho se le confió, más aún se le pedirá” (Lc 12,48b-49). Por todo esto me he decidido a escribir esta breve carta pastoral. Deseo compartir con vosotros, mis diocesanos, y especialmente con los presbíteros y diáconos, tanto la acción de gracias por haber alcanzado esa respetable cifra en el ejercicio del ministerio como la súplica por los fallos habidos, pidiéndoos que me acompañéis también en la petición de la fortaleza necesaria para seguir sirviendo a la Iglesia fiel y generosamente para vuestro progreso espiritual y pastoral. Por eso he titulado esta carta, escrita como expresión de confianza y de afecto sincero, con una frase tomada de una oración del Misal Romano que dice así:
Padre santo, que, sin mérito alguno por mi parte, me has elegido para unirme al sacerdocio eterno de Cristo y para el servicio de tu Iglesia; concédeme ser un valiente y humilde predicador del Evangelio y ser hallado fiel dispensador de tus misterios.
† Julián, Obispo de León